Hay vidas que no terminan cuando mueren. Son vidas que, como semillas al caer en la tierra, germinan y se multiplican. La de San Faustino Míguez, sacerdote escolapio y fundador del Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora, es una de esas existencias que han echado raíces profundas en la historia de la educación, la fe y la entrega a los demás.
Un siglo después de su fallecimiento, las Religiosas Calasancias de A Coruña celebraron este sábado el Centenario de su muerte con una solemne Eucaristía presidida por el arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Francisco José Prieto Fernández, en el colegio Calasancias de la ciudad. La ceremonia reunió a un numeroso grupo de religiosas, sacerdotes, autoridades civiles y educativas, así como a antiguos alumnos, profesores y familias vinculadas al legado del santo gallego.

Fue una jornada de memoria agradecida. “Hoy recordamos una ausencia, pero también una presencia distinta: la de una semilla germinada que sigue creciendo en la Iglesia y en la escuela”, se proclamó al inicio de la ceremonia. En un ambiente de recogimiento y alegría compartida, los asistentes elevaron su acción de gracias “por la vida de San Faustino y por todos los que han hecho de su ejemplo una vocación viva”.
Confianza en Dios, amor que libera y esperanza que no defrauda.
En la homilía, el arzobispo de Santiago trazó un retrato espiritual y humano de San Faustino Míguez, “nacido en las tierras hermosas de Celanova”, como un hombre que supo conjugar la humildad del científico con la pasión del educador y la fe del sacerdote.
Monseñor Prieto Fernández comenzó su intervención dirigiéndose a “esta familia escolapia y calasancia que hoy nos acoge en su casa”, y agradeciendo la presencia de toda la comunidad educativa. “Hoy celebramos una memoria agradecida de San Faustino Míguez, uno de esos hijos de Dios que nos enseñan con su vida que la santidad se teje con gestos sencillos, con confianza y con amor”.
El prelado definió la vida del santo como una “fórmula magistral”, retomando una metáfora inspirada en su afición científica y en su conocida dedicación al estudio de las plantas medicinales.

El primero de esos ingredientes, explicó, es la confianza. “El primer elemento de esta fórmula es confiar. Y puede parecer sencillo, pero es el más decisivo. La medicina más compleja nace de principios simples”, afirmó. Y añadió: “Confiar en aquel que tiene para ti una misión, una tarea. Y lo que tú no hagas, otro no lo hará por ti”. Esa confianza, continuó, no es ingenua ni pasiva, sino activa y comprometida.
El segundo ingrediente de la fórmula magistral fue el amor, descrito por el arzobispo como “el vínculo que todo lo sostiene”. Citando la carta a los Colosenses, recordó que el amor “no te ata, el amor te libera, el amor te pone en camino”. Y añadió: “Pablo nos dice ‘revístete de un estilo nuevo’, pero no por fuera, sino desde dentro. Porque el amor transforma el corazón antes que las apariencias”.
El arzobispo intercaló reflexiones sobre el día a día de la vida escolar y familiar, recordando que “educar es también un acto de amor”, una tarea compartida por maestros, padres y alumnos: “Todos estamos aprendiendo siempre. Nos educa la vida, nos educan los hermanos, nos educa el ejemplo de los santos. Y San Faustino supo educar no solo con libros, sino con ternura, paciencia y fe”.
El tercer elemento de la fórmula, dijo, es la esperanza, en sintonía con el Año Jubilar convocado por el Papa Francisco. “Estamos llamados a ser peregrinos de esperanza. Peregrinar no es caminar sin rumbo, es confiar en que tenemos horizonte”, expresó, subrayando que “Cristo es la esperanza que no defrauda”.

Concluyó su homilía con una exhortación a seguir el ejemplo del santo: “San Faustino fue un artesano de la vida, un hombre que dejó que el Espíritu moldeara su corazón. Ser santos —añadió— no es hacer milagros extraordinarios; es dejar que Dios haga de nosotros una obra artesanal, única e irrepetible. Que seamos todos, como él, artesanos de la vida”.
Agradecimiento y compromiso renovado
Al término de la Eucaristía, M. Antonia Rodríguez Villanueva, superiora de la comunidad religiosa de las Calasancias de A Coruña, tomó la palabra para expresar el sentimiento compartido por toda la congregación.
“Este día supone un agradecimiento al pasado por el legado que San Faustino nos ha transmitido, pero también es un tiempo de renovación y esperanza para nuestra congregación”, afirmó. En sus palabras resonó el compromiso de seguir fieles al mandato del fundador: educar evangelizando.
Cultura, música y convivencia
Tras la celebración litúrgica, los actos conmemorativos continuaron en el Salón de Actos del colegio, donde la profesora Marta López, del colegio Calasancias de Ourense, ofreció la conferencia titulada “San Faustino en su contexto: una nueva visión pedagógica en la España del siglo XIX”.
En su intervención, López destacó el carácter innovador del santo escolapio, que supo integrar la ciencia y la fe en su propuesta educativa, adelantándose a su tiempo con una pedagogía centrada en la persona y abierta al progreso.

El Coro Calasancias de A Coruña puso el broche musical al acto, antes de que la jornada concluyera con una comida de confraternización, en la que antiguos alumnos, religiosas y familias compartieron recuerdos, anécdotas y el deseo común de seguir manteniendo viva la obra del fundador.
Una semilla que sigue dando fruto
Cien años después de su muerte, San Faustino Míguez sigue siendo, para muchos, una inspiración viva. Su legado continúa floreciendo en los colegios calasancios y escolapios, en las aulas donde cada día se educa en la fe, la ciencia y la humanidad.


